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Mostrando entradas de 2021

MMXXII

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Se acaba un año en el que he vuelto a sentir escalofríos con algunas canciones. Un año en el que durante un instante, existió un segundo corazón en el lado derecho que hacía tiempo había dejado de latir. Se acaba un año al lado de los de siempre: de mi familia y de mis amigos, y que es lo único que le pido a la Providencia de cara al año que viene. Que no me falte nadie en la mesa, que haya que poner más sillas si hace falta, pero que me deje tal y como estoy. He vuelto a poner negro sobre blanco durante horas enteras, de escribir historias y de volver a sentirlas, de disfrutar como nunca lo había hecho del mar y del remo, de tener la suerte de dormir abrazado con quien quiero pasar lo que me quede de vida. Hay como una media docena de retos en rampa de salida para este 2.022; alguno de ellos hasta puede que desconozca cual es, pero supongo que la diferencia con todos los años anteriores es que ya no miro lo que he vivido, ahora vivo lo que quiero vivir. Porque soñar en futuro, s

Solsticios de invierno

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Como cada uno de los errores a los que te enfrentaste y que te hicieron agachar la cabeza haciéndote creer que no eras digno de ser quien eres. Como los fracasos concatenados, uno tras otro, que se clavan como puñales atravesándote la espalda. Como esas decepciones que solo te enseñan a levantar muros de piedra alrededor del corazón para no hacerte sufrir, ni sentir, ni tampoco padecer. Porque un día te encuentras sentado delante de una pantalla recordando tiempos pasados, y te das cuenta de que el destino te ha dado la posibilidad de ajustar cuentas contigo mismo. De pagarte con la misma moneada que una vez tuviste miedo a lanzar al aire, y que cuando lo hiciste, cayó de canto. No, en esta ocasión no se trata ni de miedos ni de vergüenza, no se trata de cabezas agachadas ni de corazones encogidos. Se trata de echarle cojones y arrasar con todo lo que tengas en el corazón. De vaciarte el alma y hasta de notar como la vida se escapa de entre los dedos para transformarse en algo más

Un bonito atardecer

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Y después de todo un viaje con la intención de destruir un anillo que podría causar el Armagedón de la Tierra Media, Frodo Bolsón comenzaba el epilogo de su libro con las preguntas: “¿Cómo retomas el hilo de una vieja vida? ¿Cómo continúas, cuando en tu corazón empiezas a entender que no hay regreso posible, que hay cosas que el tiempo no puede enmendar, aquellas que hieren muy dentro, que dejan cicatriz?” Supongo que cuando dedicas muchos años, cuando dedicas tiempo, tesón y pasión en causas que piensas que merecen la pena aunque sean causas perdidas, cuando inviertes ese tiempo que nunca vas a recuperar en dar lo mejor de ti, esas cicatrices que tienes como consecuencia, son marcas que debes lucir con orgullo y dignidad. Porque son las marcas que te hacen ser quien eres. Porque después de guerras, de batallas durísimas que te hacían hasta preguntarte si valías para ese cometido, ahora con los años y en el atardecer de esta etapa, te sorprendes escribiendo y reconociéndote ante el

Una historia de Eos

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Es increíble cómo pueden existir historias que te enganchan y atrapan, que te lleven a mundos que no existen o que por lo menos, no lo hacen por ahora. Es como esas historias que nos contaban de pequeños y que cuando somos adultos, dejan un poso de enseñanza en el subconsciente. Ese grano de luz que cuando menos te lo esperas explota para barrer toda la oscuridad que nos apabulla. Existen historias que no siempre acaban bien, o que tan si quiera están destinadas a hacerlo, pero que ese desenlace agridulce es tan grande como la mayor de las epopeyas escritas por el hombre o sentidas por cualquier persona. Porque existen historias que transmiten y transportan, que hacen que se te erice la piel y desprendas una lágrima, que te tocan lo más profundo del corazón para mostrarte que en ocasiones un adiós, sabiendo lo que es, hace que todo el camino recorrido valga la pena. Porque en las historias siempre existe un final, y en la vida, cada final, es un nuevo comienzo.

De tenis y tacones

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Si nos aplicáramos a ese viejo dicho de que “zapatero a tus zapatos”, o a ese otro que dice que “quien juzgue mi camino, le presto mis zapatos”, nos encontraríamos analizando que tipo de calzado somos. Por un lado estarían los tacones; esos taconazos que te permiten verlo todo desde arriba y que resuene cada paso sobre las losas de mármol de la calle haciendo que el eco de cada pisada reverbere contra los cristales.  Podríamos optar por ser las bambas de moda, esas chillonas que tienen unos cordones todos chulos que te harían ser la envidia de los colegas.  O quizás incluso unas buenas botas de montaña donde no entra ni agua ni frío, donde los duros corazones de roca se encuentran más cómodos. Incluso hasta esos náuticos que todos recordamos de la misa de los domingos y que calzan más los diablos que los ángeles. Supongo que en mi caso, si tuviera que elegir, me quedaría con mis viejos tenis blancos, si es que el actual color que tienen podría denominarse como tal. Unos tenis que

Liberiliš

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Uno no necesita de personas que le reconozcan desde fuera que es bueno en algo, o que está obligado a tener una pareja por miedo a soledad. Somos responsables de existir, de lo que hacemos y de los actos que consumamos. De las decisiones de las que formamos parte. De ser quienes decidimos ser.  Cada uno de nosotros es el responsable de su propia forma de existir. De vivir el presente aceptando la realidad y de que en ocasiones la vida no es justa, ni recompensa el esfuerzo, y que muchas veces nada permanece y todo se acaba. Somos nosotros mismos quienes nos creamos mochilas que en verdad no existen por ser incapaces de perdonarnos, de dejarnos convencer por quienes no han llevado tus zapatos para transcurrir por el sendero que has recorrido. Tu libertad es sagrada, y al igual que lo es para ti, también lo es para los demás. Ser libre o desapegado no quiere decir que tengas que cortar los lazos con las personas que quieras, o que seas frío como un témpano de hielo. Ser libre es asumir l

Expedito

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Desconozco ya el número de sacrificios, expiaciones u holocaustos que se han realizado a favor de esto. He perdido la cuenta de las decepciones que he podido causar, de las veces que los muros de hielo cruzaron la tierra protegiendo la torre, o cuantos bastiones he armado y nutrido con la intención de enfrentarme a cualquier asedio. Bastiones por cierto, que aún sigo alimentando. “Somos las decisiones que tomamos”, un mantra que he repetido tantas veces que podría ser perfectamente mi próximo tatuaje. Pero cuando tienes tan claros los objetivos, cuando tienes tan clara la visión y la meta por el que tanto has estudiado, formado y peleado, parece que puede venir una mano del cielo a doblegarte que las rodillas no van a tocar el suelo. Decía el Papa Francisco que Dios le da las batallas más duras a sus mejores guerreros, y si es así, estoy dispuesto a plantarme una vez más a pecho descubierto y espada al hombro para no ceder ni un solo centímetro de terreno, ni un ápice de honor, e

Canallismo

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Sí, hay días en los que notas en tu espalda las cadenas y la esclavitud del mundo, en los que soportas sobre los hombros las cargas tuyas y hasta la de tus primos segundos por parte de la tía abuela, y ¿sabes? No tienes que hacerlo. No tienes que ser el salvapatrias de nadie, ni tienes que sentirte mal por decir no. No tienes que ser invencible ni si quiera aparentar serlo, solo tienes que tener el carácter necesario para saber el amor propio siempre ha sido un plus. Aún te queda un largo camino por recorrer, escucha, sí pero no hagas caso de quien te diga como debes de hacerlo. Sé sincero contigo mismo, se fiel a tu instinto, a tu forma de ser y a ese carácter que roza el canallismo consumado de quien no tiene que deberle nada a nadie. Abre esa caja que tienes oculta desde hace tiempo, quítale el polvo, y que los rayos y los truenos barran el mundo habido y por haber. Sé ese ángel poseído por los demonios de quien no acepta la rendición por respuesta, ni conformarse con lo que n

No claudiques

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Como una espada de cristal que te atraviesa por completo, como el ver levantarse delante de tus ojos al titán Atlas que sostiene al mundo. Como ese dolor que te revienta la sien mientras tu corazón bombea la sangre haciendo latir la yugular. Como las acometidas que realizan los brazos de piedra del destino y que resistes con tu espada mientras no cesa de azuzar, de golpear y de blandir su mandoble contra todo que de verdad te importa, contra todo aquello por lo que luchas y que está dispuesto a destruir. Como si su única misión fuera el ser amparado por un cosmos que va más allá de navegar a la deriva y que tiene el rumbo fijado en hacerte temblar, en doblarte las rodillas y en verte postrado hasta el final. Como el último aliento de un rey que le pide a su hijo que no se rinda contra el imperio que asola las puertas de su reino. Como la batalla que se lucha en el silencio de un salón roto por los leños que crepitan en la chimenea. Como la certeza única de que lo original siemp

Lux

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Si lleváramos una linterna al Medievo, dirían que se trata de magia del Diablo. De que el hilo carbonatado que tantas quebraduras de cabeza le dio a Thomas Alba Edison es pelo del mismísimo Lucifer, y que las baterías son duendes a pedales dentro de una cápsula de aluminio. Porque cuando todo está oscuro y la fe no llega, el ser humano siempre busca ese atisbo de luz que le permita seguir adelante, y es por ello que su ingenio a lo largo de la historia le ha llevado a dar claridad a la penumbra, aunque no fuera a base de leña y fuego. Siempre hemos creído que no se puede vivir en la oscuridad. Que nuestro instinto de supervivencia no puede equivocarse cuando nos dice como debemos actuar. Porque no siempre es esperar a ver la luz al final del túnel como si la esperanza tomara forma, a veces el truco está en llevar siempre una linterna encima. Hay que tener fe, sí. Pero también el valor de confiar en uno mismo.

Sin prisioneros

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En épocas de guerra hay derechos de la Constitución que quedan suspendidos, de igual forma que rara vez se hacen prisioneros a la luz del día, por todo aquello que es discutido y discutible. Siempre existirá la eterna pregunta de si el fin justifica los medios, si todo vale en la guerra o en el amor, de si los términos “bien” o “mal” están sujetos al código deontológico de una sociedad cada vez más enferma por una pantalla que por un libro. Y ante esta tesitura, este es el mensaje del nuevo credo que aventura más lágrimas que alegrías, pero cuya meta te hará ser quien quieres ser. De que nada ni nadie se interpondrá en el camino que has trazado, de que lo original escasea, y que si por donde pasaba Atila no crecía la hierba, que donde pongas el pie la tierra se acabe abriendo a tu paso.  Porque estás en guerra, en guerra contigo mismo. Y cuando estás en la guerra solo puedes hacer una cosa: ganar.

Diablo

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  Un diablo y un demonio no son lo mismo.  Un demonio es aquello que te atormenta desde el interior, y el Diablo siempre actúa desde fuera.  Lo hace sobre los pensamientos y la debilidad de los hombres. Sobre la capacidad de sufrimiento que pueden o no poseer. Sobre la capacidad de sacrificio que dicen tener.  Es el Diablo quien nos presenta los retos más duros; quien nos pone delante las montañas en lugar de las piedras, y quien nos lanza la fuerza de la gravedad sobre nosotros para impedirnos caminar. Es el Diablo quien nos susurra mientras dormimos para que nuestros demonios cobren fuerza en el interior, quien los alimenta diciéndoles que no existe la esperanza y que es mejor renunciar a todo aquello que te has propuesto porque es imposible. Y esa es la palabra. La maldita palabra que viene a tu cabeza cada vez que las fuerzas flaquean.  Supongo que es por ello que he decidido adoptar al Diablo como compañero de viaje en lugar de enfrentarme a él, para que me azuce a rendirme

2.180 kilómetros

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2.180 kilómetros dan para mucho que pensar. Dan para contar el número de canciones que tienes en castellano entre las más de 1.300 pistas que guardas en el USB, para temer por tu vida y la Hacienda portuguesa si no te funciona el telepeaje, para abrir tu corazón y mostrar rincones que nunca antes habías expuesto, e incluso para tomarte una cerveza con esa familia que hacía años que no veías. Es lo curioso que tienen los viajes de carretera. Esos viajes de coger el coche e ir a la aventura sin tener tan siquiera un hotel reservado, solo el depósito lleno y las ganas de quemar asfalto, revolucionar el motor y dejar que el sol se ponga a tu lado, mientras que en el otro llevas al amor de tu vida. Y es que estos viajes que nacen de las locuras, que nacen de los pálpitos y de las corazonadas, son siempre las verdaderas intenciones que se disfrazan de razón. El saber el camino a seguir por difícil que sea, y seguirlo, es el compromiso no solo con uno mismo, si no con quién confía en

Nueva Era

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He aprendido que hay etapas que deben de cerrarse, y que por muchos amuletos o recuerdos que cargues, eso solo es lastre que condiciona tú mañana. He aprendido que soñar a lo grande siempre es lo mejor, tanto por si llegas a la meta como si te quedas a la puerta, porque si no has llegado, eso quiere decir que aún te quedan etapas del camino por transitar. He aprendido a vivir el momento. A fiarme siempre de los sentimientos y de la realidad, a dejar de lado todo lo que no me haga fluir con la vida, lo que dé más quebraderos de cabeza que carcajadas, más sufrimiento que no llegue a nada. A desechar los sacrificios por sacrificar. He aprendido a tener guardado en el corazón el cariño de quien de verdad quiera dar ese cariño, y a valorar la enorme suerte de tener a alguien que te dé la mano, a veces incluso cuando solo hay luz en un faro en el horizonte. Porque al fin y al cabo eso es lo que he aprendido, que no hay mayor acierto que acertar con uno mismo. El no darle poder a la d

El Norte celeste

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Cuantas veces te has hecho la pregunta sobre si el camino que has andado es el correcto, si la dirección es la adecuada y si las velas están bien ceñidas. Si el oleaje que rompe en proa te moverá del rumbo, o si llevas provisiones suficientes para lo que quede de travesía. Hubo un profesor que me dijo que siempre que un marino tenga dudas, debe de recordar los nombres que hay grabados en los enormes pilares de piedra que están  a las puertas de la escuela. Porque a todas las dudas sobre la forma de la tierra, Juan Sebastián Elcano puso certezas. Porque vivir mirando al incierto horizonte es en sí mismo una certeza; la de saber que has hecho todo cuanto has podido y te han dado las artes para poner proa a un nuevo comienzo. La certeza de que haga viento, mar o truene, el norte siempre seguirá alumbrado por la estrella polar.

Ilex Aquifolium

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Es increíble el cariño que se puede llegar a tener por los animales. Y en ocasiones, con razón, se cumple ese dicho de que cuanto uno más conoce a los hombres, uno más quiere a su perro. La nobleza innata en una mirada que se clava en las pupilas dice más que cualquier palabra o escrito, que cualquier discurso que se eche por televisión. El silencio de su compañía cuando estás sentado a su lado, y de pronto todos los problemas desaparecen, las aguas se calman y se abre el cielo. Y es cuando se van de nuestro lado que comprendes que tantas cosas buenas tienen que tener una corta duración, aunque haya casos en los que se nos bendiga con prórrogas sobre lo inevitable. Aunque los recuerdos que nos dejen sean como las hojas del acebo: símbolo de la eternidad, de ese verde perenne que no se apaga. Una gota de alegría y libertad. Porque como dijo M.K. Clinton: El mundo sería un lugar más amable si todos tuviéramos la capacidad de amar tan incondicionalmente como lo hace un perro.

Sementar

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Septiembre es sinónimo de volver a empezar. De nuevos comienzos después del parón del verano. De la desconexión entre un sol que tardó en salir y una lluvia que se negó a retirarse. De unos meses en los que quien pudo tuvo vacaciones, y quien no, sementó para recoger más adelante. Es el auténtico 1 de enero y que recarga pilas. El punto de inflexión a todo aquello que conocemos y por lo que tenemos ganas de luchar. Por los sueños que están por cumplir, por los obstáculos a sobrepasar, por toda la ilusión que te permite poner el contador a cero y seguir sumando. Porque de igual forma que nadie pensaba que ABBA pudiera volver después de 40 años, lo que venga será todo aquello que estemos dispuestos a aceptar, cuidar y proteger. De tener el valor de luchar por lo que quieras ser. La valentía de creer en el futuro que construyas por ti mismo. 

Renegados

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  Renegados. Parias. Los despojos con los que nadie desearía juntarse. Desertores de las palizas mentales que pasaron a ser rutina y de las miradas por encima del hombro. Repudiados de quienes los vieron como basura a la que ni valía la pena llevar a un contenedor. Y ahí es donde existen los puntos de inflexión. Donde la gente fuerte aprende a tirar de alma para encontrar su lugar, ese hueco en el que la pieza encaja sin necesidad de forzar. A saber lo que quieres y a desechar todo lo demás. Ahí es donde cambias. Donde ya no es que hayas salido de la zona de confort, si no que la has reducido a cenizas con la única intención de que sirvan de abono a tu futuro. Para sembrar tus ideales, para forjar tu destino. Cada latido y cada sonrisa, cada lágrima y gota de sudor. Cada sentimiento experimentado. Todo vale la pena para vivir y sentir que estás en el lugar correcto. No tiene sentido quedarse quieto pensando que eso es vivir. No tiene sentido el renunciar a ser uno mismo por contentar a

Vita brevis

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Si la vida son elecciones escoge siempre el camino más difícil, el más jodido y el más duro, aunque creas que no serás capaz de completarlo, porque créeme, lo harás. Escoge siempre el vivir frente al qué dirán, a mirarte en un espejo y reconocerte frente a ser una bruma pasajera que no recuerde ni de dónde viene. Gasta todas las balas, empeña toda la munición y lucha cada día como si fuera tu último día en la tierra. Como si supieras que mañana te vas a morir. Vive sin hacer daño, pero sin renunciar a evitar pedir permiso y por supuesto, no quieras ser el ejemplo a seguir para nadie. Dicen que si te copian es que has hecho algo bueno, y que si te critican, es porque no saben ni como copiarte. Que quien te quiere no necesita explicaciones, y quien te odia poco le importan. Porque las mentes ocupadas, las almas puras y los corazones que están satisfechos, jamás buscan meterse en la vida de nadie.  Ríe, folla y bebe, que la vida es breve.

Ley del presente

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Dicen que la vida podría definirse como ese evento de tiempo finito y cambio constante, un cambio que requiere que nos adaptemos y aprendamos de cada momento para hacernos más fuertes, más duros y mejor preparados. También dicen que vivir del pasado, de regocijarse en lo que pudo haber sido y nunca fue, ni será, es la mejor manera de cargarnos nuestro presente y con ello, también nuestro futuro. Que de las hostias se aprende, que de los fallos se crece, y que el que no consigue la felicidad es porque conforma con lo que ha obtenido en el periodo corto de una vida. No. La vida no es lo que pasa entre los anuncios de Antena 3, es lo que espera afuera mientras estás delante del televisor. Y he aquí la ley del presente, la de no crear problemas alimentando fantasmas del pasado hipotecando tu futuro. La ley del vivir sin mochilas y la conciencia tranquila. La ley de nunca dejar de caminar hacia adelante. La ley del aquí y ahora.

Sangre y fuego

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Como las aspas de los molinos mecidas por el viento de poniente que se lleva los recuerdos hurtados por Caronte en el Leteo, como las olas que rompen en la playa y que arrastran tras de si los recuerdos de antaño. Como el abrir las alas al viento con cada nuevo comienzo o aventura, sin pensar en otra locura que una nueva singladura fruto del azar. Con la mente absolutamente en blanco, y con los latidos del corazón rebotando en la sien. Con el tacto de la empuñadura de la espada acariciando el palmar y la boca seca, aunque llueva. Con la capa llena de barro, convertida en harapos, pero anclada al cuello. Porque las batallas contra el karma solo se vencen con la certeza de que no se le debe nada. Porque es preferible el vivir cargando sobre tus espaldas con un “te acuerdas” que con un “te imaginas” aunque te falte aliento para lograrlo. Porque las victorias se consiguen con sangre y fuego, y desde el Infierno con amor.

Asedios

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Son los asedios, esas batallas en las que los demonios aporrean las puertas, en las que los muros sufren el acoso de las torres y las rocas de los trabuquetes llueven del cielo, cuando el valor evita dar un paso hacia atrás. Es en ese momento en el que ya no hay nada que perder que entiendes la dureza del ser uno mismo para plantarle cara al infortunio y a la adversidad. Cuando comprendes que todos los caminos de tu vida te han llevado a ese momento en el que los errores, de serlo, son la mayor experiencia. Y las victorias, literalmente tocar el cielo que está reservado a los Dioses. Es en los asedios cuando entiendes que por mucho que esperes a los refuerzos, si las defensas caen, ya no habrá nada por lo que luchar. Porque es en los asedios cuando se decide qué es lo que queremos ser en la historia: si los que se rindieron y abrieron las puertas, o los que resistieron y lucharon hasta su último aliento de lealtad. Es en los asedios cuando realmente nos vemos delante de un espe

Cuando C y D son A

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Siempre hay máximas que nos acompañan a lo largo de la vida, igual que hay cicatrices que te recuerdan derrotas y victorias pasadas. Siempre hay alguna parte de tu cuerpo que almacena esa experiencia, desde un corte hasta un tatuaje, incluso la mirada en el espejo cuando te levantas por la mañana, pero todo tiene un motivo. Todo tiene una razón. Todo tiene un final. La vida es como un árbol, un árbol que crece cada día y que hay que ir podando para que no deje de crecer, en el que cada enseñanza es un aro más en el tronco, una rama más que acaricia los cielos y un animal más que decide habitar en él. Es como las respuestas múltiples en los exámenes tipo test, donde la diferencia entre deber y tener son la diferencia entre el suspenso y el aprobado. Al igual que la diferencia entre pensar y hacer, es el conseguir. Y si estas son las cartas con las que toca jugar la partida, juguemos como si no tuviéramos nada que perder. Como esa vela a la que le arrulla el viento y sigue alumbr

Una lección de Historia

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Dicen los sabios que la Historia, con mayúscula, está condenada a repetirse para aquellos que no aprenden de ella, pero también puede ayudar a quienes buscan repetirla; especialmente para quienes están llamados a hacer de las grandes gestas su seña de identidad. Alejandro Magno no venció en Gaugamela de casualidad a pesar de una inferioridad numérica de cinco a uno contra los persas. Los Reyes Católicos no dudaron en sitiar Granada para finalizar una reconquista que comenzó con cuatro piedras tiradas montaña abajo en Covadonga siglos antes, ni tampoco Blas de Lezo titubeó cuando tuvo que defender Cartagena de Indias de los ingleses con solo seis naves y los obligó a hincar la rodilla. Decía un profesor de Hogwarts que no es el número de seguidores, si no la calidad de las convicciones, lo que marca la diferencia. La calidad con la que Alejandro, Blas, Isabel y Fernando no tuvieron miedo a la responsabilidad de hacer historia, y asumieron de facto que hay latidos que reverberan hast

Koi no yokan

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Todos tenemos una canción; un conjunto de letras y sonidos que nos definen a la perfección, que nos hace imbatibles cuando la escuchamos, o que nos hace llorar recordando tiempos que ya no volverán, momentos que ya no vivirás y que ahora solo viven en ti. Cuando se acercan las decisiones que te cambian la vida, parece que se juntan de golpe todo aquello que es necesario para poder tomarla con la tranquilidad, la consciencia y la seguridad que merecen. Aunque tu mente y tu cuerpo no sean capaces de asimilarlo o de entenderlo. Pero confía en ello, que así es. Y el primero y principal síntoma de esto no es el cansancio, ni la falta de sueño, ni si quiera la ansiedad. Es el descubrir que echando de menos el brillo de unos ojos se te escape una sonrisa de soslayo, el recordar una caricia en el pelo que te despierta malhumorado pero que ahora extrañas, y ese beso que sabes que tendrás para toda la vida si no la cagas. Es el estar seguro de que llegó el momento de dejar de correr y de

Hazlo por amor

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  Hay momentos en los que no apetece escribir. Momentos en los que hay un punto de presión en el pecho, al lado derecho y sobre el pulmón, que molesta más que una astilla clavada en los dedos. Existen esos instantes en los que todo cambia; en los que hoy estás, pero mañana no. Y es precisamente por esos golpes que marcan que es más necesario que nunca el exprimir cada segundo y cada latido por todo aquello que realmente vale pena. Por los amigos y la familia, por los amaneceres que te cogen llegando a casa, por estudiar aquello que siempre quisiste aunque a los demás no les gustara, por sentirte vivo sin dar explicaciones por nada. La vida nunca ha sido justa, y a veces da duros golpes para recordarlo. A veces demasiado duros, cercanos y con quien menos te lo esperas para recordarte que aquí estamos de prestado, y que cada segundo cuenta. Quizás el mayor de los riesgos que podemos asumir es ser realmente como somos, que amemos sin miedo y hasta el último aliento. Que sonriamos

Iuvenis

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Existen personas que suelen arrepentirse de las locuras de la juventud y de todas las decisiones que se tomaron en ese filo de la navaja, en esos años que te hacen ser el dueño y señor del mundo, del tiempo y del espacio, de todo lo que tengas por delante. De toda una pista de asfalto por quemar. Sí, hay gente que se arrepiente de todo o parte de lo que hizo siendo joven,   de esos tatuajes y de esos pendientes, de los cortes de pelo obscenos y de las resacas en la playa; de que todo eso ha sido un error, y realmente ese es el error. El error de no reconocer que las cicatrices en el cuerpo son heridas de batallas en las que se ganó o se perdió, pero que se libraron, el error de no saber apreciar un buen calimocho con los colegas en un soportal las noches de lluvia en invierno cuando era legal hacerlo, o la tensión del primer pendiente y del qué dirán tus padres cuando entres por la puerta de casa. Cada batalla, cada herida y cada marca forma parte de una supuesta errática adolesc

No enemies

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Charles Mackay era un poeta escocés que recientemente se hizo famoso por la serie de Netflix “The Crown” , cuando una impecable Margaret Thatcher encarnada en Gillian Anderson le responde a Su Majestad la Reina Isabel II con uno de sus trabajos titulado No Enemies (Sin enemigos): ¿No tienes enemigos, dices? ¡Pobre de mí, amigo mío, que orgullo tan pobre! Quien se ha mezclado en la lucha por el deber que soportan los valientes, ¡debe de haber hecho enemigos! Si no tienes ninguno, pequeño es el trabajo que has realizado. Si no has castigado a ningún traidor, si no has alejado ninguna copa de tu labio perjuro, si nunca has convertido el mal en bien, has sido un cobarde en la batalla.” Mackay defendía que una persona que luche por lo correcto siempre tendrá enemigos, y que una persona que no los tenga, habrá vivido como un cobarde. Que no es necesario atacar a aquellos que no estén de acuerdo contigo, pero que sí debes sentirte cómodo caminando con quienes hablen cosas negativas de

Humo blanco

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El destino nos pone en el camino a personas increíbles. A gente que nos cambia la forma de ver el mundo, de aprender de él y de la vida. Que te enseñan, que te guían y que plantan en ti la semilla de lo que serás el día de mañana. No hace falta mucho para ello. Con un gesto, un guiño o una mirada, lo que para unos puede ser lo más mundano del universo para otro puede ser su seña de identidad. Su marca. Su historia. Decían que los abuelos nunca se van, solo dejan de verse. Que son Como el humo blanco de un cigarrillo que se envanece en el aire, como la caricia que no se da pero que eriza la piel. Como el saber que no están, pero que siguen ahí. Y a veces te acuerdas de ellos, y recuerdas que una parte sigue viva en ti. En todos y cada uno de tus sueños y esperanzas, en tus actos, y en el futuro que te aguarda esperándote para brillar.

A sangre y oro

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La piel tostada por el sol, el salitre que se acumula en las pestañas y el tacto de la madera. El cerrar los ojos notando como se hinchan los pulmones con la respiración, los ánimos fruto del nerviosismo antes del grito de batalla, el sabor del agua de mar. La respiración guiada con la mano del patrón, la sensación de presión que hacen las gomas en el empeine con cada palada, el crujido del estrobo cuando se queda seco, la gota de sudor que te deja ciego. El viento, las olas y el sol. La espuma y el horizonte roto. La agonía que proporciona el placer de caminar sobre el agua. De deslizarse bajo el límpido cielo del norte y sobre las aguas que ocultaron la Atlántida, ese océano donde se forjan los hijos de Neptuno y los domadores de tortugas marinas. De no estar como cabras, si no de disfrutar de esta locura en cada minuto; De saber que el sacrificio y el dolor son las puertas de la antesala al cielo, de que nadie regalará nada sin pelear. Y tú no serás menos.  A fuego y sangre; A sangr

Hic et nunc

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A veces le pides a la vida que te marque el camino, que te indique la senda y el rumbo que tienes que seguir porque tu ya no sabes que orientación tomar. Es como ese momento en el que tienes unas ganas irrefrenables de hacer algo que se sale del guión, de hacer algo que rompa y que sea parte de ti. De una rebeldía de antaño que ha sido consumada en carácter innato, en sello de identidad. Y lo haces, con una especie de miedo al cambio, pero con la certeza de que es lo correcto. Al fin y al cabo cada uno vivimos la vida como nos sale de dentro, sabiendo que hay gente que por muy buena persona que seas nunca te verá así, y debes de aprender a vivir con ello; con la certeza de que siempre existirá un qué dirán, al igual que siempre existió la dureza genital por donde pasárselo. La esencia de uno mismo es como el gas que permite que se iluminen las estrellas, así que sé como ellas, y nunca pidas permiso para brillar. Vive, coño. Y sé feliz.

Luz

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A veces no recordamos lo malo que es el rencor, la venganza y la inquina. El no saber mirar adelante; el alimentar odios con el único fin de creerse un intento de reina de diamantes que no llega ni a vidrio de Ecoembes. El no superar el pasado anclado en un futuro que pudo ser, pero que se quedó en eso. En el hipotético adverbio del quizás.  La vida y el tiempo siempre suelen dar dulces salidas a amargas dificultades, y como decía mi abuela materna: haz el bien y no mires a quién. Porque de gente para hacer el mal, está el mundo lleno. Así que dedica tu vida a iluminar allí donde no hay luz, a dar claridad donde solo hay quien destina todos sus esfuerzos en apostar por la oscuridad. Somos los errores que cometemos, los aciertos que consumamos y las experiencias que protagonizamos. Somos cicatrices, dolor y sonrisas. Somos lágrimas y silencio. Y si lo creemos, somos los héroes de nuestra propia historia.