2.180 kilómetros


2.180 kilómetros dan para mucho que pensar.

Dan para contar el número de canciones que tienes en castellano entre las más de 1.300 pistas que guardas en el USB, para temer por tu vida y la Hacienda portuguesa si no te funciona el telepeaje, para abrir tu corazón y mostrar rincones que nunca antes habías expuesto, e incluso para tomarte una cerveza con esa familia que hacía años que no veías.

Es lo curioso que tienen los viajes de carretera. Esos viajes de coger el coche e ir a la aventura sin tener tan siquiera un hotel reservado, solo el depósito lleno y las ganas de quemar asfalto, revolucionar el motor y dejar que el sol se ponga a tu lado, mientras que en el otro llevas al amor de tu vida.

Y es que estos viajes que nacen de las locuras, que nacen de los pálpitos y de las corazonadas, son siempre las verdaderas intenciones que se disfrazan de razón.

El saber el camino a seguir por difícil que sea, y seguirlo, es el compromiso no solo con uno mismo, si no con quién confía en ti, de que vas a lograr lo que te propongas.

Decía El Principito que como podías dudar de ti, estando otros tan asustados de tu potencial. Porque al fin y al cabo es eso, la capacidad que tengamos de creer en nosotros mismos para ser una estrella que no apague al resto, si no que sólo quiera brillar para iluminar.




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