Una lección de Historia


Dicen los sabios que la Historia, con mayúscula, está condenada a repetirse para aquellos que no aprenden de ella, pero también puede ayudar a quienes buscan repetirla; especialmente para quienes están llamados a hacer de las grandes gestas su seña de identidad.

Alejandro Magno no venció en Gaugamela de casualidad a pesar de una inferioridad numérica de cinco a uno contra los persas. Los Reyes Católicos no dudaron en sitiar Granada para finalizar una reconquista que comenzó con cuatro piedras tiradas montaña abajo en Covadonga siglos antes, ni tampoco Blas de Lezo titubeó cuando tuvo que defender Cartagena de Indias de los ingleses con solo seis naves y los obligó a hincar la rodilla.

Decía un profesor de Hogwarts que no es el número de seguidores, si no la calidad de las convicciones, lo que marca la diferencia. La calidad con la que Alejandro, Blas, Isabel y Fernando no tuvieron miedo a la responsabilidad de hacer historia, y asumieron de facto que hay latidos que reverberan hasta la eternidad.

Porque cuando se dieron cuenta de que no tenían a nadie, realmente se dieron cuenta de que lo tenían todo. Tenían todo lo que hacía falta: La confianza en ellos mismos.




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