Armadura de Fuego

Temor, pánico, espanto, terror, pavura… Todo eso da lugar a una cosa, y se llama Fracaso.

El Sol quemaba. La armadura ardía y la espada hacía tiempo que se había derretido entre las arenas del desierto. Estaba solo. Completamente solo en una batalla demasiado ardua y dolorosa. Una batalla que decidió librar por decisión propia, y que fue su mayor desafío desde  que tenía uso razón. Todo por una causa.

Se negaba a caminar sin coraza por el erial abrasador. Su honor era una carga demasiado pesada, y su temperamento no se lo habría permitido. Orgullo lo llamaba.

No obstante, mientras notaba como la arena se metía entre las articulaciones de la armadura abrasada bajo los rayos del Sol, puso un pie en la tierra y decidió seguir adelante, sin mirar atrás. Solo haciendo frente al miedo con más miedo. El miedo de que si no se daba batalla, ya el solo hecho de no hacerlo, sería la mayor de las derrotas.

No importaba nada. Cerró los ojos por un instante mientras el sudor le refrescaba la cara, puso su mirada en el horizonte, y con las piernas doloridas y ensangrentadas, comenzó a correr cargando con el peso sobre sus hombros, sin mirar atrás, sin pensar en lo que hacía, si algo estaba bien o estaba mal. Simplemente, se dedicó a correr cargando con el peso de la responsabilidad.

Una responsabilidad, que se adjudicó como derecho, como arma, como argumento, como patria. 



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