La casa del bosque

Has caminado durante largo tiempo para este preciso momento. Para ese instante en el que todo abuelo dice que te has hecho mayor.

Es lógico tener dudas. Tienes el mundo de opciones y oportunidades más grandes posible a tus pies, pero antes… Eso será cuando todo termine, cuando una vez terminada de forjar la armadura puedas salir a campo abierto para darte de hostias con quien gustes y a placer.

Caminas bajo la lluvia hasta llegar a ese claro en medio del bosque, y avanzas descalzo porque en algún punto del camino tus zapatos quemaron toda su suela. 

Llevas media vida buscando una fortaleza custodiada por huestes de guerreros pero te encuentras una casa de tejado de paja y paredes caleadas, desprotegida, con el atardecer y el agua besándote la piel.

La puerta está abierta. Entras en el interior de la cabaña, y tan solo te encuentras a ti mismo frente a un mueble tapado con una enorme sábana cubierta de polvo. Tiras de ella, y te enfrentas al mayor enemigo que pueda aparecer en tu camino.

En el espejo cubierto por el tiempo y el polvo te ves a ti. Tan solo a ti. 

La puerta se cierra, las ventanas se vuelven ladrillo, y tu reflejo sale del espejo para estrecharte la mano. 

Cuatro minutos tienes para derrotarlo, uno por cada motivo pendiente que resolver antes de lanzarte a campo abierto, un minuto por cada enemigo a batir antes de enfundarte tu armadura de acero.


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