Regalos


Qué extraña puede ser la vida. Sucesión de momentos que forman nuestro carácter y pensamiento, sucesión de experiencias que designan un destino y una forma de ser. Si observamos nuestro día a día podemos ver que no cambiamos absolutamente en nada, pero si echamos la vista al pasado, no somos para nada iguales. La vida pasa por delante de nuestros ojos y apenas nos damos cuenta de ello.

Hace poco me encontraba en un pequeño gran dilema. Tenía dos paquetes, uno estaba envuelto de papel marrón, de este que se utiliza para enviar algo por correo a la otra punta del mundo, sin lazo, sin dirección, completamente simple y muy chiquitito, del tamaño de una caja de pendientes, pero que en su interior albergaba algo que es imposible de describir para todo ser humano con sentimientos; y por otro lado, tenía un paquete gigante envuelto con papel de regalo, con un lazo tan grande como el paquete y una tarjeta de felicitación, pero cuando lo levantaba en el aire para agitarlo y saber que encerraba en su interior, no hacía ruido alguno. Estaba vacío.

Con cual nos quedamos, ¿El que es bonito por fuera y vacío por dentro, o con el que es algo tan simple que se guarda en un bolsillo y que encierra algo inexplicable?

Si mirara atrás y tomara la decisión cuando tenía diecisiete o dieciocho años la respuesta sería la primera, pero hoy por hoy, tras haber observado la vida que pasa sin darnos cuenta, con el conocimiento de que la victoria no es el triunfo, si no el volver sin miedo de la batalla, y que el saber que las cosas más importantes de la vida son aquellas que se pelean en el silencio del alma, creo que me quedaré con el paquete pequeño, simple, sin lazos y sin florituras.

Porque a veces en lo simple y sincero, se encuentra la esencia de la verdadera hermosura.

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