Camino a la Gloria

Continuas buscando fuerzas donde no te quedan. Caminas por un camino oscuro, siniestro, lleno de zarzas y envidias que te rasgan la ropa como a la pobre Blancanieves mientras escapaba y se perdía en el bosque de los siete enanitos. Miras al cielo pero no tienes ninguna estrella polar que te guíe. Miras al suelo, y no tienes ningún mendrugo de pan como los pobres de Hansel y Gretel que te permita dar vuelta, pero tampoco te hace falta porque reniegas de dar vuelta. Reniegas de caminar sobre tus pasos.

El viento te empuja hacia atrás pero tu continúas perseverando y tirando hacia delante, con un libro de tapa de cuero bajo tu brazo, con ese objeto que esconde de forma secreta todos y cada uno de los sentimientos que has podido sentir a lo largo de esta vida, cada uno de esos sentimientos que han movido tu pluma a la hora de escribirlo.

Ahora, de la nada, aparece una pequeña luciérnaga. Un pequeño bichito que comienza a revolotear sobre tu cabeza y tomas la decisión de seguirla. De apoyarse en la Madre Naturaleza para acabar el largo camino que empezaste una vez en Diciembre como la pobre de Anastasia. Ahora es cuando no importa nada. Cuando tomaste todas las decisiones y ya no puedes cambiar ninguna de ellas. Porque cuando decides emprender tu marcha por el camino de la gloria, tienes que aprender que las envidias, los malos deseos, las ramas que rasgan tus ropas, son el pan nuestro de cada día. 

Solo se puede hacer una cosa y es hacer lo que hizo nuestro querido Hércules, que no es otra cosa que dejar que nuestro pequeño, iluminado, y valeroso corazón nos guíe por los senderos de esta vida. De una vida que comienza siendo oscura, pero que a medida que recogemos experiencias, amigos, luciérnagas, se llena de luz y gloria. De una vida, en la que si no tienes ganas de comerte el mundo, el mundo te acabará comiendo.

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