Parpadeo

Bajo el mar. Al atardecer y en uno de esos rincones únicos e irrepetibles que hay al lado de casa. Uno de esos lugares desde los que se aprecian formas, figuras y detalles que marcan, y que lo hacen a fuego bajo el agua.

Uno de mis tíos me dijo una vez que yo era de la clase de personas que no debe de contar hasta diez para pasársele el cabreo antes de tomar una decisión, que quizás, y solo quizás, diez mil era el número que más se le acercaba. Tardé años en acostumbrarme a esa ley no escrita y consejo tan sabio, y he de reconocer que no me ha ido mal.

Todas las acciones tienen su propia reacción. Todas y cada una de ellas. Con mayor o menor intensidad, pero todo tiende a una exacta posición de equilibrio.

Y hoy ha sido uno de esos días, en las aguas donde los españoles les pararon los pies a los ingleses en el siglo XIX, que recordé que toda causa justa merece la pena, y es por ello que debe emprenderse. 

Aunque sea amarga. Aunque sea áspera al gusto la sensación de la empuñadura de acero en la mano. Porque lo que realmente no sería una causa justa sería ceder al chantaje, a la imposición, y a la pseudodictadura que algunos tienen como panacea.

Decía Samuel Butler que basta el instante de un cerrar de ojos para hacer de un hombre pacífico un guerrero, y a mí no me ha quedado otro remedio que parpadear. De parpadear sin dejar de otear el horizonte. 


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