Manzana bermellón

La última fruta que queda en ese manzano; esa pieza roja como un granate tallado, que sangra como el ocaso que tiene lugar sobre Marte, que brilla con esa luz reflejada por los rayos del sol.

Es la última manzana del año; la última pieza de la temporada que se aferra a su rama mientras se niega a caer. El árbol ya ha perdido todas sus hojas y las ramas han iniciado su letargo, pero ella sigue ahí. 

Asolada por el sol, el frío, y el viento. 

Es la que se niega a caer. La que se muere en el árbol mientras brilla porque es así de especial. Luchadora. La que incumple el ciclo de las cosas y desafía a su propia naturaleza que es la caer madura sobre la tierra siendo una más.

Pero no, ahí sigue. Solitaria, aguantando las inclemencias del tiempo y desafiando a los cielos. Porque es como L’Oreal, ella lo vale.

Es esa manzana roja brillante que durante toda su vida sólo ha querido amarrarse al árbol de la vida, que no renuncia a su derecho de persistir y ser la dueña y señora de su propia existencia.

Esa pequeña manzana roja bermellón es mi heroína, y aunque no se lo diga siempre que voy a visitar aquel manzano, es el orgullo mismo que me late en el corazón. 



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