Las cartas de Delmar


“Hoy he recibido esa carta. La carta de quien nos separó; de quien me hizo jurar que no volvería a poner un pie en mi hogar ni a ponerme en contacto contigo si quería que siguieras con vida. De un rey que, siendo un buen rey, antepuso el reino a su propia familia.

Sabes que los hombres de mar estamos hechos de otra forma; que la rudeza nos ha enseñado a que si prometemos algo, ese algo perdura. Que no son pendones al viento, que los juramentos son como las jarcias trenzadas con esparto que sujetan las velas a barlovento.

Ya desconozco el peso del cajón que soporta todas estas cartas sin enviar. Supongo que será el mismo que cargo en el corazón. De todo aquello que no puedo decirte.

Sólo espero que recuerdes cada vez que oteas una puesta de sol al lado del mar, que yo también la estaré mirando. Como aquella vez en la que comenzó todo y no nos arrepentimos de nada. Como aquella vez que nos atrevimos a soñar despiertos.

Siempre te esperaré, aunque sea al otro lado del Caribdis, tras muros de silencio y agua.

Delmar plegó la carta para lacrarla con el ancla atimonada cortada; su sello personal como exiliado de la Corona de Voelia. Abrió el cajón del escritorio donde tenía guardadas las docenas de cartas que había escrito en los últimos años de exilio y añadió una más a la colección.

Se digirió a su cama, descolgó la espada del techo del camarote y subió al cuarto de derrota.

Siete años después de su destierro, quien fuera Vicemariscal de la Armada volvería al lugar en el que comenzó todo, y volvería a petición de su familia para defenderla de su propia familia.

Bajo el viento de ostro, el Lady Mary puso rumbo a Ciudadela.”


Fragmento del Capítulo XIII de “El Testamento del Rey”




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