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La piel no se ve igual bajo la luz; hay tonalidades que lo cambian todo. No es lo mismo ver la tez bajo el sol del ocaso de verano que bajo la luz de una luna llena de febrero, ni tampoco es igual alumbrarla con una linterna o con una vela. No hay pieles iguales.

La piel tiene memoria. Las arrugas son los renglones en los que escribimos nuestra historia y las cicatrices, a veces tan profundas que necesitan puntos, son las marcas que nos sirven para contar las veces que hemos aprendido algo.

Y es que aprender, en ocasiones, duele. Aprender es sacrificio, tesón y muchas veces deconstruir una parte de ti para levantarla más fuerte y reforzada, para hacerte más duro. Así que jamás te avergüences de aquello que te ha hecho fuerte. Ten miedo, y hazlo con miedo. Recuerda quién eres, y recuerda quién quieres ser.




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