Síndrome de la hoja en blanco

Y llega un día más, y después del trabajo, de estudiar, de entrenar y de sobrevivir a la vida medianamente cuerdo, te plantas delante de una pantalla con una hoja en blanco.

No es solo la última batalla del día, si no que es la batalla semanal en la que te descubres pensando en lo importante. Pensando en esos entrenamientos cerrados de agua en los que la superficie del mar revienta en millones de explosiones con cada gota de lluvia, en la familia, en el rumbo que le quieres dar a tu vida y con quien quieres hacerlo.

En las decisiones que llegan, y te aventuras incluso en alguna de las que están por llegar, pero de esas y como siempre, que sea el instinto quien te guíe. Y te dejas arrastrar por el subnopop que te ha cambiado la vida no para bien, si no para de puta madre, fluyendo con el devenir de las corrientes y flexionando como un junco, sin romperte.

Porque a veces es necesario dejar el complejo de salmón que nada contracorriente y dejar que fluya la vida, y si lo haces, la vida tal vez te sorprenda con puertas donde antes había paredes, o abriendo ventanas sin necesidad de licencia de obra.



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