Ojo de loca

No hace falta que tu corazón deje de latir para estar muerto. A veces te mueres lentamente sin darte cuenta. O sí, pero no eres consciente. No eres consciente de que poco a poco dejas de sonreír como lo hacías antaño, que te afecta más lo que digan sobre ti que lo que te dice el corazón, que te sientes pequeño cuando eres lo más grande.

Y es cuando renaces que te das cuenta de todo esto; de las cosas que dejaste de hacer y que te apasionaban por razones que ya no vienen al caso. Cuando sanas a solas y decides que nada va a ser como antes, y que vale la pena confiar en el destino.

Que hay batallas que no hay razón para librarlas en solitario. Que siempre habrá tiempo para un quinto de Estrella en una playa urbana y abrazos que recompongan. Que todavía quedamos personas que empeñamos nuestra palabra si nos lo pide el corazón.

Quizás estoy como una regadera por pensar como pienso. Por fiarme tanto del instinto. Por ser ese maldito Piscis que, con varios años de historia, avala que los latidos fuertes hay que seguirlos siempre hasta el final, porque nunca se equivocan. Jamás. Y menos cuando retumban con una intensidad nunca descrita.

Quizás estoy loco y, si lo estoy, no dejaré de hacer caso a esa frase que escuché por accidente en una noche de sábado de Epifanía. Que como decían los antiguos escritores: el ojo de loca no se equivoca y, mi alma, tampoco.

Nunca digas nunca; que los imposibles sólo tardan un poco más para aquellos que no renuncian a ellos. La vida se encargará de todo. Confía, y lo verás.



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