S'arravaleta


La entrada desde de la ría impresiona. No por las casas y chalets con embarcadero privado, si no por la espuma que se levanta cuando la proa se mete bajo la mar, por el ver con tus ojos el arrufo y el quebranto.

Caminas sin rumbo desde la primera pisada fuera del barco, siguiendo la costa hasta llegar hasta el puerto deportivo y subir después al centro del pueblo.

Y llegas a una calle que tiene plantados dos hileras de naranjos en flor.  

Por un instante te olvidas de los olores del día a día. Del aceite caliente. De diésel quemado. De las fugas de vapor y de la grasa para los engranajes y cremalleras. De la cinta de carrocero recién desembalada y bidones de pintura. Del fuel a ciento cuarenta grados. Del líquido para ensayos. Del aire oleoso, las sentinas y lodos en el doble fondo. Del serrín y virutas de metal arremolinadas en el suelo de taller.  Del electrodo y de la soldadura. De acetileno y del oxígeno. Del metal.

Te pega en la cara la bruma con esencia de azahar y te sientas en el banco que hay al lado de un grupo de ancianos que preparan sus pipas con tabaco viendo la vida pasar. Caminando sin rumbo teniendo claro el destino. No teniendo nada y teniéndolo todo al mismo tiempo.



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