El sol y el viento del Este

Quizás es el sol y el viento del Este. La ausencia de nubes y de lluvia que te seca la piel y los sentimientos. Que la morriña ha desaparecido dando lugar a esa sensación de desasosiego perseguida por la brisa de levante. Que miras por el ojo de buey a altura de la obra viva bañándote en la luz líquida del ocaso, y recuerdas los veranos de solsticio en la playa.

Echas de menos el agua de lluvia dándote el rostro. Caminar descalzo por la hierba de la huerta mientras que en los árboles salen los primeros brotes. Los cielos plomizos que se abren dejando pasar la suave luz de la tarde secando lo más mojado y dejando tan solo lo húmedo. El olor de la lluvia y del mar, del mar bravo movido por sus corrientes y furia y no solo por el viento.


Es cuando el agua te llega a la barbilla, cuando la soga cuelga sobre el cadalso, cuando la bala sale del cañón con dirección al centro de tu pecho, que en la milésima de segundo que marca el destino todo se para y pasa más lento. Que caes en la cuenta de que lo que más echas de menos son tus huargos corriendo a tu lado, o una brisa de aire frío. Es como ese momento en el que te ponen una Estrella Galicia con uno de tus jefes, os quedáis mirando, y decís al mismo tiempo: estamos en casa.

Que en una mirada hay un mundo, y que ese mundo solo vive dentro de ti. Que el carácter cambia, y que las sonrisas realmente solo se muestran cuando son sentidas. Que todo ha cambiado. Que tú has cambiado. Nada ya es igual. Que el camino emprendido ya solo tiene final, y que el punto de retorno fue la línea de salida que cruzaste nada más empezar.



Entradas populares de este blog

Oído, visto y sentido

Dos cero dieciocho

A las bravas