Kanagawa
Es
curioso cómo la vida se encarga, casi sin que lo notes, de apartar a las
personas con las que ya no compartes nada. Aunque en su momento fueran parte de
historias que bien podrían llenar un libro.
Lo
sorprendente llega cuando te cruzas con ellas en la calle y, aun teniendo la
misma cara de siempre, son incapaces de reconocerte. Te miran, pero no te ven; como
si fueras alguien familiar y a la vez un completo extraño.
No,
no se trata solo de borrar a gente de las redes sociales o de limpiar la agenda
del teléfono para quedarte con lo esencial. Es algo más profundo: dejar de
invertir energía en quienes ya no aportan nada; en quienes permanecen anclados
en un modo de vivir que ya no encaja contigo.
Hay
etapas que la propia vida cierra de manera natural, y aquellas que permanecen
abiertas lo hacen porque todavía guardan un camino que, tarde o temprano, tendrás
que recorrer.
Como
dijo Samsagaz “el Bravo”: los protagonistas de las historias se rendirían si
quisieran, pero no lo hacen. Y no lo hacen porque luchan por algo.
Al
final, no es tan distinto a lo que hacen los gusanos de seda al encerrarse en
su crisálida, o los cangrejos cuando abandonan un caparazón que ya les queda
pequeño. Como en las series de Pokémon o Digimon, siempre hay un motivo por el
que decides subir de nivel.
Y
en este caso, ese motivo te acaba llevando hasta el punto de que no te
reconozcan; de dejar atrás al Magikarp que solo sabía usar Salpicadura.