Ferro a fondo

A veces es, y otras, en cambio, no.

Y vas aprendiendo a aceptar lo que viene cuando no está en tu mano cambiarlo, a hacerle un poco más de caso a la intuición y a dejar de empeñarte en tener la vida bajo control. Aprendes a vivir sin más aspiración que vivir.

Empiezas a valorar otras cosas: el beso que te das con tu pareja al saludaros, el abrazo de tu madre o esos gestos de tu padre que dicen mucho más de lo que él diría en voz alta. Hasta la brasa que te da tu hermano contando sus gaitas empieza a tener su encanto.

Empiezas a valorar mucho más lo que tienes que todo lo que podrías llegar a tener. Y cuando apartas esa ansiedad absurda por llegar a no sé exactamente dónde, por ser no sé quién quieres ser, ocurre algo curioso: los colores se vuelven más nítidos, el aire parece más fresco y los nubarrones empiezan a largarse por donde han venido.

Quizás esa es la clave, en confiar que todo saldrá bien para que salga bien. Confiar en la vida para poder vivirla.

O, como siempre se dijo: Fe en Dios, e ferro a fondo.