Con altura
Hay
personas que llegan alto por ambición, por reconocimiento o incluso por ego.
Pero quienes permanecen arriba durante mucho tiempo suelen estar movidos
por algo diferente: y es que sienten que no pueden permitirse aflojar porque
saben que otros observan, dependen o, quizás, se inspiran en ellos.
Cuanto
más subes en la montaña, menos oxígeno hay. Menos gente entiende lo que estás
viviendo, menos espacio tienes para las quejas y, muchas veces, el precio se
paga en silencio mientras desciendes para coger aire y no morir de éxito.
Sin
embargo, creo que quien se encuentra en esta situación no se exige más que
nadie porque quiera demostrar algo; se exige porque ha convertido la excelencia
en un compromiso consigo mismo.
No
compite con nadie; compite con la versión en la que podría convertirse. Y lo
hace porque ya no persigue una recompensa externa, sino porque quiere estar a
la altura de sus propios valores.
Porque
sabe que bajar el listón una vez es sencillo, pero recuperarlo después es complicado.
Porque el trabajo, el proyecto, la misión o las personas que dependen de él
importan más que su propia comodidad.
Y
porque, en el fondo, ha aceptado una soledad interna que otros no aceptarían.
Quizás
desde fuera parece fortaleza, pero desde dentro es una mezcla de disciplina,
sacrificio y sentido del deber. El deber para con uno mismo y con aquello que aspira
a llegar a ser.
