El Arquero
Una
de esas lecciones que tienen los estoicos es la conocida como la Enseñanza del
Arquero.
En
ella, un arquero se prepara concienzudamente para lanzar la flecha; acondiciona
su arco durante años, siendo el único capaz de tensar su cuerda y sentir la
curvatura de la madera, el tacto de la empuñadura y trabajar esa relación que le
permite que el arco sea una prolongación más de su cuerpo.
Se
acostumbra al peso de la fecha; a prepararlas con las plumas y a cepillarlas
para que sean lo más perfectas posibles, y entrena con ellas durante todos los días
y horas que puede para conocerlas en profundidad.
Pero
no puede hacer nada más.
El arquero es dueño del arco y de la flecha hasta el momento en el que la suelta y sale disparada. Puede controlarlo todo hasta ese momento, pero una vez la flecha sale de su mano, solo Dios conoce el rumbo que llevará. Puedes intuir de dónde vendrá el viento, pero no lo que hará una vez sueltes la flecha, y ese es el sentido de la vida.
Podemos
prepararnos todo lo que podamos y todo cuanto queramos, pero frente al 99% de la
preparación, siempre habrá un 1% de fe.
Y
cuando se conjugan la preparación con la fe, nada puede parar esa flecha que
cruza los cielos hacia su objetivo.
