Baby, one more time


No sabría exactamente cómo describirlo. Ni siquiera sería capaz de señalar el instante preciso en el que comenzó. Quizá todo empezó hace un par de años, con aquel viaje a Saint-Michel, y supongo que fue cuando recuperé la fuerza del carácter y, por fin, hice las paces conmigo mismo.

Porque uno acaba aprendiendo que la llama solo se apaga cuando dejas de echar leña al fuego. Y que el espíritu solo se duerme cuando quien lo posee deja de cuidarlo, protegerlo y alimentarlo.

Artemisa quería comprimir el tiempo hasta convertirse en la única existencia. Y quizá haya algo extraño, pero jodidamente precioso, en esto de que tu yo del pasado termine encontrándose con tu yo del presente para construir al yo del futuro.

Porque entonces comprendes que todo aquello que fuiste no desapareció y solo estaba esperando.

Ahora tienes algo que antes no tenías: una energía lo suficientemente poderosa como para arder sin pedir permiso, para abrirse paso entre las ruinas y, si hace falta, reducir a cenizas todo aquello que pretenda hacerte daño.

Un espíritu que arde como la Flama Madre del mismísimo Inferno y que grita, como diría la Princesa del Pop: Hit me, baby, one more time.