Engranaje


Qué jodido es mantener la cabeza fría y domar la ansiedad en los minutos de descuento. Cuesta un huevo mantener el foco cuando el reloj sigue cayendo y las ganas empujan como el agua que revienta la compuerta de una presa. Como el mar estampándose una y otra vez contra los acantilados. Como el viento cuando silba entre los árboles antes de la tormenta.

No dejas de repetirte los mantras que te han traído hasta aquí. Que si lo que no está en tu mano, tampoco debe estar en tu cabeza. Que si los tiempos de Dios son perfectos. Que si la paciencia. Que si el estoicismo. Todo ese arsenal de filosofía antigua y oriental del que te has ido alimentando para no perder el norte.

Pero la ansiedad sigue ahí. Da igual las herramientas que tengas: siempre acaba sentándose enfrente de ti. La diferencia está en cómo decides mirarla. Porque vas a tener que lidiar con ella sí o sí. Con la frustración de lo que no controlas. Con el esfuerzo de mantener la sangre fría cuando asoma ese ramalazo de mala hostia que te pide mandar todo a la mierda.

Y entonces lo recuerdas. Recuerdas cómo se comportaba. Nunca iba demasiado rápido ni demasiado despacio. Era un engranaje que giraba exactamente al ritmo que marcaba el motor.

Porque al final, todo acaba llegando.