Estrellas fugaces
Debe
ser verdad que, cuando dejas de intentar controlarlo todo, la vida empieza a
sorprenderte. Y acojona de cuidado.
A
veces el corazón se acelera y ni siquiera sabes si es ilusión, vértigo o si te sentó mal la cena. Las
palabras se te traban, los pensamientos se atropellan y reaccionas de formas
que no esperabas, o como nunca habías reaccionado. Como si algo dentro de ti
hubiera decidido tomar el timón sin pedir permiso. Como si esto fuera una inspiración divina.
Es dejar de luchar contra la corriente y escuchar lo que la vida tiene preparado. Ver los colores un poco más vivos, sentir las cosas de otra manera y descubrir que no todo necesita de una explicación inmediata. Los mejores momentos son los más sencillos, no los grandes planes ni las promesas imposibles de cumplir.
Es la realidad abriéndose paso al idealismo.
A veces basta con una toalla en la playa, aunque esté lloviendo, y la persona adecuada al lado. Mirar pasar las nubes, escuchar el mar y olvidarse durante un rato de todo lo demás.
Quizá
la vida sea un poco como las estrellas fugaces: están para recordarnos que
algunos instantes, precisamente porque son breves, brillan mucho más.
Y
qué suerte cuando te encuentran mirando al cielo.
