Caos de-mente
Dicen
que el peor enemigo siempre está más cerca de lo que creemos y, en nuestro
caso, ni lleva antifaz ni tiene un plan para dominar el mundo. Vive entre nuestras orejas y trabaja a jornada completa. No, no hace falta un jefe insoportable, una
mala racha o un vecino con un taladro industrial un domingo por la mañana para
amargarnos el día. Nos bastamos nosotros solitos.
Nos preocupamos por problemas que todavía no existen. Nos comparamos con cualquiera que parezca un poco más feliz en Instagram, buscamos la aprobación de gente a la que no pediríamos ni la hora y perseguimos una felicidad permanente que solo existe en los anuncios de yogures con bifidus de José Coronado.
Y lo hacemos tan a menudo que acabamos convertidos
en fábricas de frustración.
Deseamos resultados inmediatos y soluciones exprés para problemas que hemos tardado años en gestar. Confundimos el estar ocupados con estar avanzando en la vida y terminamos agotados, convencidos de que necesitamos cambiar de móvil, de trabajo o de vida, cuando quizá lo único que hace falta es cambiar cuatro hábitos que nos condenan.
Porque
la tranquilidad no aparece el día en que el mundo deja de ser un caos. Llega
cuando dejas de reaccionar a cada tontería, piensas un poco más, hablas un poco
menos y recuerdas que la disciplina consigue lo que la motivación
lleva años prometiendo sin cumplir.
Porque,
al final, el mayor sabotaje raras veces viene de fuera: empieza cuando dejamos
que nuestros impulsos conduzcan nuestra vida, en lugar de guiarnos por la razón que nos da el corazón.
