Maybe I'm a Lion

Durante años lees, lees mucho y te creas tu idea del mundo.

Cuando eres niño y decides por tu cuenta y riesgo aterrizar en el mundo la épica, de la heroica, de los ideales duros como el acero y que la palabra dada tiene más valor que un trozo de papel firmado, todo empieza a edificarse. Empiezas a forjar tu carácter y tu camino.

Creces, pero no olvidas las raíces. No olvidas las gestas que alumbraban las noches de invierno, ni las noches en vela escribiendo capítulo tras capítulo de las historias que guardaban tras de sí algo de realidad, hasta que finalmente, cuando ya dejas la adolescencia atrás y entras en lo que se le llama “ser adulto”, acaba llegando la hora de ponerlo en práctica.

Y lo haces, indudablemente. 

Lo haces por vocación y por convicción. Lo haces seguido por ese aire caliente que notas en la boca del estómago cuando sabes que tienes razón, y defiendes la causa con tanta pasión que arrollas.

Porque el mundo cambia, y las personas que aprendemos constantemente lo hacemos con él, pero siendo fieles a nosotros mismos. A esa cría de león que llevamos dentro cuando somos niños, y que ahora que ya es adulta, busca el cuidar de los suyos.

Decía Thomas Paine que una causa mala siempre estará defendida por hombres malos y con malos medios. Y en la mano de cada uno está escoger el lugar que decide ocupar, pues quien tiene en su mano la capacidad de obrar, tiene la obligación de hacerlo.

Y nunca debemos olvidar que el malo solo triunfa, si aquellos que dicen defender el bien, no actúan para impedirlo.


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