Sexo en la cocina

Ella salía del dormitorio con la camisa de él puesta. Se asomó por el marco de la puerta y allí se encontraba su Romeo, haciéndole el desayuno a la mañana siguiente, tal y como le había prometido después de pasar su primera noche juntos. Ella caminaba de puntillas y lo abrazó por la espalda mientras él echaba el zumo en el vaso de cristal. Notó el frescor de sus manos en su torso y como ella sonreía a su espalda. Se giró sobre si mismo y la besó con ternura. Después del beso, ambos se miraron. Ella sonreía de forma pícara y a él le entró la risa. Solía ponerse de puntillas para besarlo y le encantaba hacerlo, así que se colgó de su cuello y pasó sus piernas sobre su cintura. 
El la puso encima de la encimera, al lado de la cafetera que humeaba el café caliente. Le sacó la camisa que llevaba puesta y la acercó hasta sentir su pecho sobre el suyo. Hacía calor en aquella cocina. Se besaban de forma apasionada y descontrolada, con intensidad y a la vez ternura. Ambos sudaban y gemían pero eso era lo de menos, pues se encontraban unidos en uno solo, en el mismo cuerpo, en el mismo corazón. Ella lo apretaba con fuerza, sudaba como nunca lo había hecho y cada vez gemía con más intensidad. Gemía de placer y de satisfacción. Tenía calor, todo su cuerpo sudaba descontrolado y los gemidos cada vez aumentaban más y más, llegó incluso un momento en el que parecía que los cristales vibraban. Él se motivaba cada vez más, pues parecía que ella disfrutaba como nunca lo había hecho. Gemía, gemía, hasta que llegó un momento en que dio un grito. Gritaba y gritaba cada vez más alto pues el calor era absolutamente abrasador. Gritaba pidiendole a su novio, que la sacara de encima de la vitrocerámica. Se estaba quemando.

Moraleja: No hay nada como las viejas y conocidas cocinas de butano.

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