Atrasado en el pasado

En ocasiones nos tiramos media vida negociando con un futuro que no existe.

Hacemos planes y trazamos rutas convenciéndonos de que, si todo sale bien, algún día seremos felices, cuando la felicidad no es más que un instante que dura unos segundos y el resto suele ser resaca emocional.

La realidad no sigue los guiones que escribimos.

Podemos decidir lo que hacemos hoy, podemos definir nuestras metas, pero nadie tiene la capacidad de saber qué ocurrirá mañana. El futuro no nos pertenece; como mucho, nos pertenece la intención con la que caminamos hacia él.

Del pasado de nada sirve hablar. Tal vez todos tengamos algunos momentos que viviríamos o actuaríamos de otra forma, pero cambiar eso nos cambiaría también en el presente. Si pudiéramos modificar una sola pieza de esa historia, probablemente dejaríamos de ser quienes somos ahora. El pasado ya hizo su trabajo: convertirnos en la persona que somos hoy.

Como dice un gran filósofo llamado Timón: Siempre hay que dejar el pasado atrás.

Así que solo nos queda el presente. Nos queda este café, esta conversación, este abrazo o este beso. Nos queda dejar de vivir como si siempre hubiera una oportunidad esperándonos a la vuelta de la esquina, cuando la realidad es que nadie nos puede prometer nada.

Y es por eso por lo que conviene disfrutar de la intensidad de cada momento, sin dramas ni discursos grandilocuentes. Tan solo recordando que mañana todo, o nada, puede cambiar. Porque la única vida que tenemos asegurada es la que está ocurriendo ahora mismo. Y por eso, vale la pena vivir siendo un intensito.